Miercoles, 25 de Noviembre de 2020
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EN CARNE VIVA, MI VIAJE CON EL Wu-Tang Clan

por El Coleccionista de Huesos

Mi relación con Wu Tang Clan comenzó en los noventa junto con mi descubrimiento del rap, de la cultura hip hop y la entrada a la adolescencia. Era aquella época en que los piños siempre –o casi siempre– tenían un nombre con tres siglas, y los años en que tajante y restrictivamente uno preguntaba, a quien recién conocía y entablaba una primera conversación, si era L.A. o New York, tal como lo revela Rezonancia cuando rapean “A lo mejor, no somos de Niu Yor, menos de L.A.”.[1] Desde su aparición y desde la publicación de su primer LP, Enter the Wu-Tang (36 Chambers), este reconocido grupo de Staten Island, Nueva York, ha representado la esencia del rap, siendo un pilar fundamental de la cultura. Aún recuerdo cuando mi viejo me invitó al cine a ver Ghost Dog: El camino del samurái de Jim Jarmush, a sabiendas de que dos de nuestros mundos se cruzaban y entrelazaban cual guión del propio director estadounidense. Para mi padre, el mundo cinematográfico, piedra angular de su vida, y para mí la cultura hip hop, que ya por entonces representaba parte de mi identidad. Cómo olvidar la mágica y espontánea escena en que se cruzan RZA, a cargo de la banda sonora de la película, y el protagonista Ghost Dog, interpretado por el sobresaliente Forest Whitaker. A propósito de esto, recomiendo la entrevista que le hace un medio a Jarmush acerca de cómo se fraguó su misteriosa relación con RZA y la colaboración de este ninja neoyorquino en su película.[2]

 

 

Han pasado más de dos décadas desde entonces, mi admiración por Wu-Tang y sus secuaces sigue intacta, aunque evidentemente, después de tanta música por los parlantes, podríamos decir que no todos los proyectos que han sucedido a su aclamado primer disco son de mi agrado. Creo que no hay mayores dudas, y la crítica es más bien uniforme en cuanto a que la primera época de la banda es la más brillante. Discos tales como Tical, Only Built 4 Cuban Linxs, Return to the 36 Chambers, Liquid Swords, Ironman y el Wu Tang forever, cuyas producciones fueron realizadas meticulosamente, en conjunto y como proyectos esencialmente de Wu Tang, más allá de que en estricto rigor y en papel corresponden a cada uno de sus miembros. En estos discos se ve la continuidad de la saga e incluso una evolución musical y en la producción que elevan estos discos al olimpo del hip hop, y a convertirse en verdaderos clásicos. Ya en ese entonces, muchos nos preguntábamos el porqué de las diferencias entre dichas producciones y el protagonismo que tenían Raekwon, Method Man, GZA, RZA, Ghost Face, e incluso el fallecido Ol’ Dirty Bastard, en desmedro del resto de sus miembros originales: Masta Killa, Inspectah Deck y U-God. Sobre este último rapero me voy a detener. En 2004 nos enteramos por la prensa de que este miembro estaba en una controversia con el grupo, que incluso los llevó a enfrentarse judicialmente. El origen de la disputa no estaba del todo claro, pero al menos se sabía que se trataba de aspectos vinculados a derechos de autor, algo muy común en el universo musical de Estados Unidos, cuyo clímax llegó con la célebre demanda de Metallica a Napster del año 2000, aunque esa es harina de otro costal. El misterio en torno al distanciamiento de U-God se acrecentó cuando descubrimos que no participó en algunos de los proyectos de Wu. Es más, muchos se extrañaron cuando se confirmó que su personaje no fue representado en la primera temporada de la serie “Wu- Tang: An American saga”, una lástima ya que, como sabríamos después, U-God fue parte esencial en los orígenes y construcción del emblemático grupo neoyorquino. Es en ese contexto que Lamont ‘U-God’ Hawkins lanza el año 2018 su libro Raw: My Journey Into the Wu-Tang, editado en España por la editorial Sexto piso realidades y traducido por Milo J. Krmpotic como En carne viva, mi viaje con el Wu-Tang Clan. Por fin conoceríamos los detalles de lo que pasó entre él y Wu- Tang, desde la mirada íntima (¿la historia de los vencidos, acaso?) de este rapero originario de Brownsville, Brooklyn, y que viene a cerrar el círculo, tras las obras The Tao of Wu y The world according to Pretty Toney escritas por Rza y Ghostface, respectivamente.

 

Este libro, la autobiografía del quizás miembro más infravalorado del colectivo, repasa los orígenes de la crew, adentrándose en singulares historias, sin pelos en la lengua, ni relativizando las experiencias de un niño, adolescente y también adulto nacido y criado en el Nueva York de los setenta, ochenta y noventa (las décadas más violentas de la ciudad), mucho antes de que la gran manzana fuese la ciudad turística que conocemos. El relato es tan crudo y directo, al hueso, como quien confiesa que es un “rape baby” o hijo nacido de una violación. Me pareció interesante comprobar de qué modo el libro no se centra –aunque lo aborda sin tapujos– en el bullado conflicto, sino más bien en sus experiencias y peripecias, que cimentaron su camino al shaolin style, al Wu Tang Clan y a convertirse quizás no en el más prolífico de los miembros de la clica pero sí en una pieza fundamental en la historia del Wu y de sus integrantes, como es el caso de su larga amistad con Meth.

 

Muchas veces la mirada sincera de quien estuvo a la sombra de otros que brillaban con luces propias es la perspectiva más objetiva, aquella visión de quien es capaz de observar su entorno con sumo detalle, porque en el mundo de un traficante de drogas de Park Hill projects en los ochenta y noventa, dormirse significaba pasar a mejor vida, o como bien lo expresaba Nas en su tema “N.Y. State of Mind” (magnífica producción del incombustible Dj Premier), ‘I never sleep, cause sleep is the cousin of death’. El libro cuenta con diecinueve capítulos en los que ahonda con franqueza en su pasado; la vida en las viviendas sociales de Nueva York en esos años; las peleas en el barrio y los mitos y verdades detrás del arte marcial denominado The 52 Hand Blocks; su acercamiento a la religión, principalmente a la Nación del  5%; su paso por la cárcel; las confesiones respecto a la vida y la muerte, y por supuesto, en el hip hop y la música. Esta obra es un imperdible para todos los fanáticos de  Wu-Tang Clan y de la cultura hip hop, pero también una radiografía sin contemplaciones de un sobreviviente, de alguien que llegó al éxito siendo un jugador de equipo como se describe a sí mismo, cuya inteligencia y temple le permitieron prevalecer en un mundo que le auguraba un infierno desde antes de su nacimiento.

 

[1] Del tema “2 Bola 2”, del disco Zorprezaun, año 1999, Santiago, Chile.

[2]https://www.caninomag.es/20-anos-de-ghost-dog-cuando-jim-jarmusch-se-cruzo-con-wu-tang-clan/

 

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