SEGUNDA PARTE DE “LA BATALLA CULTURAL POR EL HIP HOP”, UN ENSAYO QUE ABORDA LOS INTENTOS DE COOPTACIÓN DEL MOVIMIENTO HIP HOP POR PARTE DE LA ULTRADERECHA
“¿Fight the Power o Fit the Power?: Hip Hop neoconservador y la cooptación de la rebeldía en Chile y España” es el título de la segunda entrega de la serie de tres ensayos escritos por el historiador José Antonio Palma, a.k.a. Réplica Lumpenilustrado, y publicados por Imperioh2.
Luego de una primera parte dedicada a revisar los orígenes del hip hop como expresión cultural surgida desde comunidades marginadas y su posterior desarrollo en Chile como una manifestación vinculada a la resistencia y la juventud popular, esta segunda entrega pone el foco en uno de los fenómenos que actualmente tensionan el movimiento: la apropiación de sus códigos, estética y lenguaje por sectores conservadores y de ultraderecha.
Bajo el título “¿Fight the Power o Fit the Power?”, el ensayo plantea una pregunta central: ¿qué ocurre cuando un movimiento cultural históricamente asociado a la rebeldía, la denuncia y la resistencia comienza a ser utilizada para promover discursos políticos que se sitúan del lado del opresor?
A partir de esta interrogante, José Antonio Palma analiza los procesos de cooptación cultural y política tomando como referencia los casos de España y Chile, revisando la aparición de exponentes vinculados a discursos de derecha y ultraderecha como Swit Eme, Jincho, Angie Corine, MeganRap, hasta las respuestas surgidas desde distintos sectores de la propia comunidad hip hop como la plataforma cultural Kodigo73 y el mensaje de Ana Tijoux, Subverso, Liricistas, Las Deyas y Salvaje Decibel.
A continuación, el texto completo:
LA BATALLA CULTURAL POR EL HIP HOP, PARTE 2:
“¿FIGHT THE POWER O FIT THE POWER?: HIP HOP NEOCONSERVADOR Y LA COOPTACIÓN DE LA REBELDÍA EN CHILE Y ESPAÑA”
Escrito por José Antonio Palma, a.k.a. Réplica Lumpenilustrado
I. Prólogo: el espejo roto de la rebeldía.
Hay un momento en que el espejo se quiebra, no por accidente, sino porque alguien decidió romperlo. La imagen que reflejaba —la del rapero como voz de los sin voz, como cronista de la marginalidad, como heredero de una tradición de lucha— se fragmenta en mil pedazos. Y en cada uno de esos fragmentos, un rostro distinto: el de quién defiende el orden que antes combatía; el que viste la ropa de la calle, pero habla el idioma del poder; o el que toma los códigos de la rebeldía para vaciarlos de su contenido.
Pero este espejo no se quiebra por primera vez ahora. Antes de que el neofasicmo o el conservadurismo descubrieran el hip hop, el Mercado ya había desplegado sus tentáculos para cooptar esta cultura: pulir sus aristas, domesticar su furia, convertirla en un producto más del entretenimiento. La industria discográfica, con su maquinaria de promoción y su lógica de la mercancía, lleva décadas intentando despojar al rap de su carga política, reduciéndolo a un ritmo vacío, a una pose sin contenido, a un accesorio de la moda juvenil. El establishment, en su sabiduría para neutralizar lo que le incomoda, aprendió temprano que el mejor modo de desactivar una bomba no es desarmarla, sino convertirla en fuegos artificiales: mucho ruido, mucha luz, pero ninguna explosión que realmente estremezca los cimientos del poder.
A esa vieja maquinaria de domesticación comercial se suma un nuevo actor: la ultraderecha política, que ha visto en el hip hop un territorio fértil para disputar el sentido de la rebeldía. No es una novedad, sino una escalada. La cooptación ya no es solo económica, ahora es ideológica y política. El Mercado quiere vender la cultura; la derecha quiere secuestrar su alma.
No obstante, la batalla no está para nada decidida. Porque el hip hop no es un traje que se pone y se quita. Es una identidad, una historia, una lucha. Y la lucha, como escribió Salvaje Decibel, “es lo único que nos da lo que el rico nos quita” (Salvaje Decibel, 2007). Cuando la derecha intenta apropiarse de esa lucha, no está haciendo música: está librando una guerra. Pero no es la primera guerra que el hip hop enfrenta, ni será la última. Ya ha sobrevivido a la indiferencia del Estado, a la caricatura de los medios, a la metabolización del mercado. Ahora deberá sobrevivir al abrazo del enemigo
Pero para entender esta guerra, hay que mirar el tablero completo. La primera parte de esta saga nos mostró cómo el hip hop nació como respuesta al abandono neoliberal en el Bronx y cómo, en Chile, se convirtió en el archivo vivo de la resistencia contra la dictadura y el modelo económico que la perpetuó. La tercera parte profundizará en los mecanismos de cooptación – a nivel global y local – y las respuestas de la comunidad hip hop. Este texto, el segundo eslabón de la cadena, se detiene en el contexto: ¿Qué condiciones históricas y políticas han hecho posible que el hip hop se convierta en campo de batalla cultural?, para tal propósito analizaremos los casos de España y Chile
II. El caso español: el «hip hop facha» y sus voceros
Swit Eme: la deriva reaccionaria
En Barcelona, un rapero llamado Marcel Serrano, conocido como Swit Eme, comenzó su carrera en el underground del hip hop catalán. Miembro de Bathroom Studios y La Cantera, su estilo era el de un rapero más de la escena; rimas callejeras, flow agresivo, temáticas de barrio. Pero algo cambió. Como escribió un periodista, Swit Eme ha protagonizado una «deriva reaccionaria» que lo ha llevado a posiciones abiertamente ultraderechistas (El Confidencial, 2026).
Su canción “Viva España” es el manifiesto de esa deriva. En ella, Swit Eme rapea con una claridad que duele:
«Antes que populista seré facha»
No es una metáfora: es una declaración de principios. Y continúa:
«Ganamos una vez y ahora nos piden la revancha»
La referencia es clara; la Guerra Civil, el franquismo, la derrota de la izquierda. Swit Eme no solo se alinea con el fascismo histórico: lo reivindica. Como si el hip hop —nacido de la lucha contra la opresión— pudiera ser el vehículo de la opresión misma. Este gesto no es aislado; responde a una lógica global, la ultraderecha ha entendido que la cultura juvenil es un territorio codiciado, y ha decidido ocuparlo.
El Jincho: el barrio que se volvió reacción
En Madrid, otro rapero ha seguido un camino similar. El Jincho, nacido en 1991 en Orcasitas, un barrio obrero del sur de Madrid, comenzó su carrera en las batallas de gallos. Su estilo, genuinamente callejero, su flow incendiario y su habilidad para acribillar al público con rimas rápidas y feroces lo consolidaron como una figura respetada del rap español.
Pero El Jincho también ha tomado una deriva política. Ha defendido abiertamente a VOX y a Santiago Abascal, el líder de la ultraderecha española. No es un gesto menor, es la alineación de un rapero con un partido que niega la violencia de género, que cuestiona el cambio climático, que defiende el orden neoliberal. El Jincho no es un ingenuo, es un converso. Y su conversión es un síntoma de algo más profundo.
Angie Corine: la influencer que llegó a la política
El tercer caso español es el de Angie Corine. Rapera e influencer de origen polaco-estadounidense radicada en España, Corine ha construido una carrera basada en la música urbana y los comentarios sobre temas políticos y sociales. Pero su perfil no es neutral: es abiertamente ultraderechista.
Corine ha actuado en mítines de VOX en el Palacio de Vistalegre, uno de los recintos más emblemáticos de Madrid. No es una actuación ocasional, es una alianza orgánica. La ultraderecha española ha entendido que la cultura juvenil es un campo de disputa, y Corine es su embajadora.
III. La respuesta de la escena: Kódigo 73 y el cordón sanitario
Frente a esta ofensiva, la comunidad hip hop no se ha quedado callada. En España, nació Kódigo 73, una plataforma cultural que «defiende el origen y la esencia del HIP-HOP» ante «la deriva reaccionaria a la que está derivando el hip-hop» (El Salto Diario, 2026).
El comunicado de Kódigo 73 es claro:
«el HIP-HOP no se usurpa, no se blanquea y no se utiliza contra los valores que lo vieron nacer».
No es una declaración ingenua: es una advertencia. La plataforma ha sido activada «para cuidar, visibilizar y fortalecer la cultura hip hop». No es un gesto simbólico: es una estrategia de resistencia.
Raperos de la escena han respaldado esta iniciativa. Ill Pekeño, uno de los nombres más respetados del rap español, sentenció:
«no se puede ser nazi y apropiarse de unos códigos ajenos».
La frase condensa la esencia del problema: el hip hop no es un código que se pueda tomar y usar a voluntad. Es una cultura nacida de la lucha, y pretender usarla para defender el orden que oprime es una contradicción insalvable.
IV. El caso chileno: cuando la ultraderecha llegó al barrio
Si el caso español es el síntoma, el caso chileno es la metástasis. Porque en Chile, la cooptación del hip hop no es solo un fenómeno cultural, es una operación política de Estado.
Angie Corine en La Moneda
La historia comienza con la misma protagonista del caso español. En junio de 2026, Angie Corine llegó a Chile en el marco del Liberty Fest, un encuentro realizado en Santiago «bajo la consigna de la libertad económica e individual» (Publimetro, 2026).
Pero el momento que acaparó todas las miradas no fue su actuación, sino su reunión en La Moneda. Corine fue recibida por el presidente José Antonio Kast, en un encuentro gestionado por el diputado Cristián Araya. Las fotografías se difundieron como pólvora, Corine abrazando a Kast, con un mensaje que decía:
«Un honor conocerle, presidente @joseantoniokast».
El encuentro «desató un debate sobre los vínculos internacionales de la derecha radical» (El País, 2026). No era para menos: una rapera de ultraderecha, con antecedentes en el activismo de VOX, siendo recibida por el presidente de Chile en el palacio de gobierno. No era un gesto menor: era la institucionalización de la batalla cultural.
Corine declaró tras el encuentro:
«Chile despertó y, si Dios quiere, España seguirá vuestros pasos».
La frase es una apropiación explícita del lema de la Revuelta Social de 2019, «Chile despertó». Pero Corine no lo usa para reivindicar la rebelión contra el neoliberalismo, la utiliza para alentar la expansión de la derecha radical. Así, la estrategia de la derecha se devela con claridad: tomar los códigos de la rebeldía para vaciarlos de su contenido.
¿Qué significa que una rapera de ultraderecha sea recibida por el presidente de Chile? No es un acto menor, es la señal de que la batalla cultural ha llegado a la cúpula del Estado. La derecha radical chilena no solo gobierna, busca legitimar culturalmente su proyecto, utilizando el lenguaje de la juventud y la calle.
En Chile, la ultraderecha ha radicalizado sus tendencias ideológicas, nacionalismo, liberalismo e hispanismo; pero teñidas con un paradigma propio de las nuevas derechas, el etnopluralismo. Angie Corine encaja perfectamente en ese paradigma. No es solo una rapera, es una embajadora cultural de la ultraderecha internacional.
La reunión en La Moneda no fue un accidente ni un gesto improvisado, es una operación política calculada. ‘Muestran sus dientes’, dar cuenta que la derecha radical tiene aliados en el mundo de la cultura, que no es solo un proyecto político sino también cultural. Y que el hip hop —ese género nacido de la marginalidad— puede ser puesto al servicio del orden y el neoconservadurismo.
¿Quién es MeganRap? la rapera que desafía al movimiento desde las redes sociales
En el ecosistema digital chileno ha emergido una figura que encarna, con una crudeza que no admite matices, la ofensiva de la derecha sobre el hip hop: MeganRap.
Su presencia no se construye en los escenarios del underground, sino en el territorio del algoritmo. MeganRap es, ante todo, una influencer que rapea, no una rapera que hace política. Una sutil diferencia, pero fundamental para comprender esta brega cultural. No necesita el respeto de la escena, no busca el reconocimiento de los pares, su estrategia es la viralidad, la provocación, la polarización.
Su perfil de Instagram la define sin ambages: «Artista desde siempre! #rapera #chile #rap #chilena #derecha #izquierda #elecciones #hiphopchile». La etiqueta #derecha no es un matiz: es una declaración de principios. MeganRap no oculta su posición política: la exhibe como un distintivo, como una marca personal que la diferencia del «resto» del hip hop, al que ella percibe como homogéneamente izquierdista.
Pero su irrupción no ha sido recibida con los brazos abiertos por la comunidad. Los comentarios en sus redes sociales son un termómetro de la tensión que genera. Una usuaria le escribió, con una dureza que revela el hartazgo de una escena que ve con preocupación este fenómeno:
«Ufffff difícil tu actitud mujer. tu arrogancia genera bastante distancia. Tienes una necesidad grande de ser validada. Primero te crees rapera, artista, periodista y […] en fin pero no llegas a nada nunca»
Y más adelante, el comentario se vuelve explícitamente político:
«hablar de qué el comunismo es igual a fascismo es totalmente ignorante»
La frase condensa el núcleo de la disputa, puesto que MeganRap no solo se define como de derecha: equipara el comunismo con el fascismo, una operación discursiva clásica de la ultraderecha que busca deslegitimar cualquier forma de pensamiento crítico equiparándolo con la peor de las tiranías. Es la misma lógica que utiliza el «hip hop facha» español: la inversión del relato, la presentación de la derecha como la verdadera defensora de la libertad frente a una izquierda «totalitaria».
El movimiento hip hop no es un escaparate para las ambiciones personales ni un vehículo para el oportunismo político. Es una comunidad con historia, con memoria, con lucha. Esa comunidad no va a permitir que su identidad sea usurpada por quienes defienden el orden que la vio nacer.
La estrategia de la derecha chilena: ocupar la cultura
Angie Corine y MeganRap no son fenómenos aislados, son parte de una oleada de la derecha por insertarse en el movimiento y cultura hip hop. La derecha —nacional e internacional— ha entendido que la cultura juvenil es un campo de disputa y ha decidido ocuparlo, apropiándose de los códigos estéticos de la rebeldía para articular un mensaje reaccionario.
Lo que distingue a estos nuevos exponentes del hip hop de derecha en Chile no es solo su contenido político, sino su estrategia de comunicación. No construyen su carrera en los escenarios del underground, sino en las redes sociales, donde el algoritmo premia la provocación y la polarización. Son, ante todo, influencers que rapean, no raperos que hacen política. Y eso marca una diferencia fundamental con la tradición del rap chileno.
La irrupción de estas figuras ha generado una reacción inmediata en la escena hip hop chilena. No porque sea una cuestión de gustos, sino porque es una cuestión de identidad. El rap chileno nació en la dictadura, creció en la transición, maduró en el estallido. Quienes intentan usar sus códigos para defender el orden están cometiendo una traición histórica.
El gobierno de Kast, en línea con la ofensiva cultural de la ultraderecha, ha anunciado medidas contra el vandalismo urbano que, en la práctica, se traducen en una criminalización del grafiti y otras expresiones del hip hop. La contradicción es evidente, la misma derecha que busca cooptar el hip hop para legitimar su proyecto, es la que reprime sus expresiones más auténticas. Es un flanco en esta batalla que debemos explotar y tensionar, develar esta contradicción y evidenciarlos en todos los espacios.
V. La tradición que se niegan a ver: el rap chileno como memoria viva
Para entender por qué la cooptación del hip hop en Chile es una traición histórica, hay que recordar lo que el rap chileno ha sido y sigue siendo. No es un género musical, es un archivo vivo de la resistencia.
Vicente Durán, Subverso, es uno de los nombres fundamentales del rap político chileno. Su biografía es la del exilio y el retorno, la de quién busca sus raíces en medio del horror. Se constituyó en un referente en la escena musical alternativa a punta de letras políticas, directas, contingentes y sin anestesia. En 2011, se convirtió en uno de los íconos del movimiento estudiantil, y sus melodías se transformaron, en muchos sectores, en la banda sonora de la reivindicación educativa.
En “Infórmate”, una de sus canciones más emblemáticas, Subverso hace una radiografía de la política chilena que duele por su precisión:
«Si la presidenta no te cuenta la pulenta, lo hago yo / Chile está en venta desde que la Concerta ganó el NO» (Subverso, 2008)
La frase es un puñetazo directo al corazón de la transición chilena. La Concertación, la coalición que gobernó durante tres décadas, no fue la alternativa al neoliberalismo, fue su gestión y consolidación. Chile siguió en venta, y los de abajo siguieron pagando el precio.
En “Rap al Despertar”, Subverso canta con una claridad que parece escrita para este momento:
«Yo tan lejos y mi pueblo dando cara / El pueblo decide hasta dónde llega esto / Si se resuelve en la calle o el Congreso» (Subverso, 2011).
El pueblo no es un concepto abstracto, es un sujeto colectivo que decide. No espera que las elites resuelvan sus problemas: los resuelve en la calle, en la lucha, en la organización. Ese es el pueblo que la ultraderecha intenta silenciar.
Ana Tijoux, nacida en Francia de padres chilenos exiliados, es ampliamente reconocida como la rapera más influyente del país. Su carrera es un puente entre el rap chileno y las audiencias globales, pero sus letras nunca han perdido su filo político. En “Shock”, lanzada en medio de la revuelta social de 2019, Tijoux canta:
«Tu estado de control, tu trono podrido de oro / Tu política, y tu riqueza, y tu tesoro no / La hora sonó, la hora sonó / No permitiremos más-más tu doctrina del […]» (Tijoux, 2019).
La canción no necesita terminar la frase. Todos saben de qué doctrina se trata: la del mercado como dios, la del lucro como único motor, la del individuo como isla. Ana Tijoux no solo rapea, efectúa una arqueología del poder.
En “Sacar La Voz”, junto a Jorge Drexler, Tijoux eleva un canto que es a la vez íntimo y colectivo:
«Liberarse de todo el pudor / Tomar de las riendas, no rendirse al opresor / Caminar erguido, sin temor / Respirar, y sacar la voz» (Tijoux & Drexler, 2014)
Sacar la voz no es un acto individual, es una acción colectiva. Es la negativa a callarse, a doblegarse, a aceptar el orden impuesto. Esa es la tradición que la ultraderecha intenta robar.
Desde Maipú, nos encontramos con Liricistas, dúo fundamental de la escena. Su estilo, definido como «rap underground», combina crítica social con una identidad territorial marcada. En “Nuestro Idioma”, se presentan como:
«Bienvenido a la favela del rap underground» (Liricistas, 2007)
La favela no es un lugar exótico, es el barrio, la población, el territorio de la exclusión. Y el rap underground es su idioma, el lenguaje de los que no tienen otro.
En “Rimadores Respect”, Liricistas cantan:
«hay hipocresía que por urgencia… el rap chileno a mil por hora», (Liricistas, 2007)
El rap chileno no es un producto de estudio, es una urgencia política. Nace de la necesidad de decir lo que no se puede callar. Y esa urgencia es la que la ultraderecha no puede comprar.
Hay un dúo femenino que estremece, Deyas Klan, formado por Isa Deyabú y Fátima Rivera. Su sello es claro, dos voces femeninas de «rap de pobla», poesía con crítica social, reflexiones existenciales y temáticas de género.
En “Fémina” (2012), Deyas Klan declama con una fuerza que remueve:
«No busques excusa / No seas solo musa / Eres lucha / No estás sola / Somos muchas / Cuando nace una rebelde se muere una cartucha» (Deyas Klan, 2012).
La cartucha —el militar, el represor— muere cuando nace una rebelde. No es una metáfora, es una constatación. La resistencia feminista es parte de la lucha de clases, y Deyas Klan la encarna con cada verso.
En este mismo tenor, en “Chile SA”, cantan con una claridad que duele:
«Mal pagado, agotado siguiendo el orden / En el Metro hacinado directo al sobre / Y cada vez te vuelves más pobre»(Deyas Klan, 2013)
Chile SA no es un país, es una sociedad anónima, una empresa donde los trabajadores son explotados y los dueños se llevan las ganancias. Esa es la crítica que la ultraderecha no puede responder.
Esta es la tradición que la ultraderecha se niega a ver. No porque no la conozca, sino porque le resulta incómoda. Porque esta tradición no es un adorno cultural ni un objeto de museo, es una práctica viva de resistencia que late en las poblaciones, en las ollas comunes, en las marchas, en los muros rayados con aerosol. Es la memoria de los que no tienen nada que perder y todo por ganar. Es la certeza de que la dignidad no se negocia, de que la rebeldía no se coopta, de que la voz de los de abajo no se compra con likes ni se silencia con discursos de odio.
VI. La paradoja fundamental: ¿puede el hip hop ser de derechas?
La pregunta que flota en el aire es inevitable: ¿puede el hip hop ser de derechas sin dejar de ser hip hop?
La respuesta no es simple. Por un lado, el hip hop es un género musical, y como tal, puede ser usado por cualquiera. La música no tiene ideología, las personas que la encarnan sí. Un rapero puede rapear sobre lo que quiera, desde el amor hasta el odio, desde la revolución hasta la reacción.
Pero el hip hop no es solo un género musical. Es una cultura, una comunidad, una historia. Y esa historia es la de los marginados, los excluidos, los que no tienen voz. Nació como respuesta a la opresión, no como su defensa. Cuando esa voz se usa para defender al poderoso, se traiciona a sí misma.
La derecha neoconservadora defiende el orden que oprime: el neoliberalismo, la desigualdad, la exclusión. El hip hop nació para denunciar ese orden. Hay una contradicción fundamental. Pero la contradicción no impide la apropiación, la historia está llena de ejemplos de culturas subalternas cooptadas por el poder. El hip hop no es la excepción.
La diferencia es que el hip hop tiene una comunidad viva que puede resistir. No es un artefacto del pasado, es una práctica del presente. Y esa práctica incluye la defensa de su identidad frente a quienes intentan despojarla de su significado.
VII. Epílogo: el eco de una explosión
La cooptación de algunos sectores del hip hop por parte de la ultraderecha es síntoma de un malestar más profundo, es una grieta cultural que revela la crisis del neoliberalismo y el ascenso del fascismo, que, en última instancia, es expresión de la lucha de clases del presente momento histórico. No es un fenómeno aislado, es parte de una ofensiva cultural más amplia. Esta batalla cultural es el preámbulo de una lucha social, a veces soterrada, y que, en ocasiones, toma la forma de una guerra social abierta.
Pero el hip hop no se rinde, porque su esencia trasciende la del género musical, es una comunidad, una memoria, una lucha. Cuando la ultraderecha intenta apropiarse del hip hop, no está haciendo música, está librando una guerra. Y en la guerra, como en todas las guerras, tiene ganadores y perdedores. La pregunta es: ¿de qué lado estamos? La respuesta, para quienes hemos construido el hip hop como nuestra trinchera, no admite dudas: del lado de los trabajadores y oprimidos, del lado de la memoria, del lado de la revuelta y la revolución social.
Referencias
Chang, J. (2005). Can’t Stop Won’t Stop: A History of the Hip-Hop Generation. St. Martin’s Press.
Deyas Klan. (2012). Fémina [Canción]. En Aquelarre. Chile: Producción independiente.
Deyas Klan. (s.f.). Chile SA [Canción]. Chile: Producción independiente.
El Confidencial. (2026, 25 de marzo). Guerra ideológica en el rap: cientos de artistas piden un cordón sanitario al ‘hip hop facha’.
El País. (2025, 28 de diciembre). La polémica del ‘hip-hop facha’.
El Salto Diario. (2026, 27 de marzo). Nace Kódigo 73: ‘No nos quedaremos quietos mientras el fascismo…’.
MeganRap. (s.f.). Publicación de Instagram [@megannrap_]
Liricistas. (2007). Nuestro Idioma [Canción]. En Nuestro Idioma. Chile: Producción independiente.
Publimetro. (2026, 10 de junio). ¿Quién es Angie Corine? La rapera que fue recibida por el presidente Kast en La Moneda.
Salvaje Decibel. (2007). Rebeldía poblacional [Canción]. En Poblacional. Chile: Producción independiente.
Stefanoni, P. (2026). Un fantasma recorre el mundo: Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria. Siglo XXI.
Subverso. (2008). Infórmate [Canción]. Chile: Producción independiente.
Subverso. (2010). Memoria Rebelde [Canción]. Chile: Producción independiente.
Subverso. (2011). Rap al Despertar [Canción]. Chile: Producción independiente.
Tijoux, A. (2014). Sacar La Voz (feat. Jorge Drexler) [Canción]. En Vengo. Chile: Producción independiente.
Tijoux, A. (2019). Shock [Canción]. En Shock. Chile: Producción independiente.

